Sobre el pabellón de Ecuador en la Bienal de Venecia, 2026

Curadora (en blanco) y artistas del Pabellón Ecuador, Venecia 2026.(Foto MAAC)
Por primera vez en su historia, Ecuador tendrá pabellón en la Bienal de Venecia en Italia, una de las bienales de arte más importantes del mundo. País que al mismo tiempo rompe todos sus récords de pobreza, criminalidad, abandono escolar y colapso de la salud y, en general, de lo público.
En la misma semana en que se anunció el proyecto curatorial del pabellón nacional, se aprobaron dos leyes ampliamente cuestionadas por su carácter inconstitucional y por su impacto social y ambiental: la Ley de Minería y la Reforma al COOTAD. Ambas normativas ponen en riesgo los territorios del país y debilitan aún más el ya limitado apoyo a la cultura por parte de las autoridades provinciales, metropolitanas y locales. Este contraste expone una tensión evidente entre la proyección internacional y la crisis estructural que enfrenta el país en múltiples frentes.
La Bienal de Arte Contemporáneo de Venecia es una de las más antiguas del mundo, fundada en 1895. Su particularidad es que es un espacio nacional y diplomático a diferencia de las otras grandes bienales, como la de Sao Paulo donde un equipo de curadoras y curadores seleccionan artistas por su obra y no por su nacionalidad. En Venecia los y las artistas representan a su país y cada país tiene su pabellón. Es importante entender esta distinción, porque el país no se puede separar de su gobierno de turno. Por ejemplo, no es lo mismo exponer en el pabellón de Alemania, en 1936, que hoy en día o en el pabellón de Sudáfrica, en pleno apartheid. De hecho, el pabellón de Sudáfrica este año es testigo de la relación directa con el gobierno de turno, ya que el ministro de cultura y deportes ha cancelado el pabellón porque no le gustaron los contenidos.
El jurado de este año, en un comunicado del 23 de abril 2026, dice: “Reconocemos la compleja relación entre la práctica artística y la representación del Estado-nación, que constituye el eje central de la Bienal de Venecia, en particular la forma en que esta relación vincula la obra de los artistas con las acciones del Estado al que representan.” —-> seguir leyendo
En otras palabras, los y las artistas y curadoras que participan en un pabellón nacional están explícitamente representado, y, por lo tanto avalando, al gobierno de turno, aunque su posición hacia este gobierno o Estado sea crítica. Un buen ejemplo fue el pabellón de España, de Santiago Sierra, en 2003, una crítica feroz a las leyes de migración del Reinado. La crítica se vuelve parte del espectáculo, realzando la imagen del Estado como tolerante e innovador. La rebeldía vende.
La curadora del pabellón de Ecuador es Manuela Moscoso y suponemos que fue ella quien seleccionó a Oscar Santillán y el colectivo de cineastas Tawna Films. Digo que suponemos, porque el proceso de selección ha sido llevado a cabo por el Museo Antropológico y de Arte Contemporáneo de Guayaquil – MAAC en la más absoluta opacidad. Sin duda, son todos y todas excelentes profesionales, pero no sabemos quién, cómo ni porqué se escogió a Manuela Moscoso, no sabemos nada del presupuesto ni cómo los y las artistas fueron seleccionadas. En la mayoría de países se hace una convocatoria para la curaduría del pabellón nacional con un jurado de expertos para analizar las propuestas. Por ejemplo, Chile y Sudáfrica. En Ecuador, en general, las convocatorias para apoyo a las artes con fondos públicos, por ejemplo en el Instituto de Fomento de Creación e Innovación – IFCI, son todas con jurado. Aunque el sistema de jurado tiene sus dificultades — sesgos, gustos personales— por el momento, es lo que tenemos para asegurar algo de imparcialidad. Es entonces llamativo y excepcional que el pabellón de Venecia no haya pasado por ningún proceso abierto.
No es sorprendente que Oscar Santillán no tenga problema en representar a un gobierno fascista y participar en un proceso totalmente opaco, ya que está alineado ideológicamente y socialmente. En una publicación de Facebook expresó estar «realmente feliz del premio Nobel otorgado a la gran María Corina Machado», de la misma forma que Daniel Noboa. Santillán es, además, el mejor amigo de la viceministra de Cultura, Romina Muñoz y el ex de Stephanie García Albán, directora del MAAC y productora del pabellòn . Pero, ¿Tawna? Un grupo de activistas, artistas, cineastas interculturales y anticoloniales, de las nacionalidades Sapara, Kichwa, y mestizxs que dicen que sueñan “con la selva como territorio de memoria colectiva y resistencia”¿La misma organización que hizo el maravilloso documental «Allpamanta» sobre la Confederación de Nacionalidades Indígenas de la Amazonía Ecuatoriana (CONFENIAE) ?; los mismos que preparan ahora una exposición en el Centro de Arte Contemporáneo de Quito (CAC) sobre la marcha amazónica de 1992? (Si bien es cierto que un miembro del grupo es primo de la pareja de Romina Muñoz, pero es un primo lejano y, según él, no tuvo ninguna influencia).
La viceministra constantemente alardea en redes que las decisiones en su cartera son “técnicas”. Para este caso no se ha transparentado ningún procedimiento o criterio “técnico” de selección, solo se informó. El MAAC, impulsora del pabellón nacional del Ecuador, en un post de su directora Stephanie García Albán unos días antes de la inauguración, se contentó con decir “Los criterios, procesos y lineamientos de esta participación serán compartidos en los canales institucionales correspondientes.” Y termina con un escalofriante; “Este es solo el inicio.”
En una entrevista reciente sobre su trabajo de curadora del Bienal de la Amazonía, Manuela Moscoso dijo: “El arte puede sostener esas contradicciones: disenso e incomodidad, por un lado, reconocimiento mutuo y festividad por el otro. Evitar la fricción significaría evitar la realidad misma, y esa realidad nunca es solo una cosa: es lucha y solidaridad, dolor e invención, pérdida y exuberancia.”
Pero en este discurso, ¿dónde están las líneas rojas? Obviamente el trabajo institucional siempre lleva contradicciones, pero ¿hasta qué punto “sostener las contradicciones” se puede volver una justificación para cualquier cosa?
En el caso de la bienal de la Amazonía, fue financiada principalmente por la minera Vale y la petrolera Shell gracias a incentivos fiscales. Estas empresas están saqueando la Amazonía e impulsando el planeta hacia un calentamiento incompatible con la continuada existencia de la Amazonía misma. La participación de este tipo de empresas ha sido normalizado en la financiación internacional del arte, pero está cada vez más cuestionado. Varios artistas no aceptaron participar en la bienal de la Amazonìa y en Londres hay una presión popular intensa sobre el Tate para exigir el retiro de patrocinadores como Shell, negando su uso del arte para limpiar su imagen, los que se conoce como artwashing, y evitar impuestos. ¿O creen que estas empresas financian estas actividades por pura bondad e interés por el arte?
El debate alrededor del artwashing está ejemplificado por el pabellón de Israel en la Bienal de Venecia. Se habla del artwashing del genocidio, como el greenwashing donde grandes contaminantes se hacen pasar por “verde” cambiando su logo o comprando bonos de carbón. En este caso, el arte es usado para lavar la imagen, y las artistas y curadoras se convierten en cómplices de este proceso.
En 2024, el pabellón de Israel fue cerrado por la presión del Art Not Genocide Alliance (ANGA). Miles de artistas y curadores llamaron a la exclusión del “Pabellón del Genocidio”. Este año el pabellón de Israel vuelve de nuevo, a pesar del clamor popular, pero, esta vez, con una cláusula en el contrato con la artista y curadora de que no se puede cerrar la exposición.
Daniel Noboa, al igual que Marina Corina Machado, ha dado su apoyo explícito a este genocidio y es totalmente servil frente a los intereses de Estados Unidos e Israel. Hay una foto de él dando la mano a Netanyahu y recibiendo la condecoración de “Friend of Israel”. Él y su entorno forman parte del proyecto sionista.

El alto gasto en “hasbara”, pauta, propaganda, por parte del Estado es un punto en común entre los dos regímenes. En medio de la cruenta persecución y criminalización a los defensores y defensoras de los territorios, de recortes a la cultura y a toda la esfera pública, de autoritarismo y criminalidad, nada mejor que un grupo intercultural de artistas indígenas amazónicos para “artwashear» un régimen necropolítico.
Dado la opacidad de la participación de Ecuador en la Bienal de Venecia y esperando las clarificaciones por los “canales institucionales correspondientes” , no sabemos cuánto costará su participación, pero podemos hacernos una idea. Italia, que tiene su propio pabellón, invierte 800.000 euros en su muestra de 2026. Esto incluye un riguroso y transparente proceso de selección del proyecto a presentar. Un pabellón implica producir las obras, pagar a artistas y curadores, costear el caro alojamiento en Venecia y,luego, todo el protocolo del Estado. Los países que no tienen pabellones permanentes como Ecuador o Catalunya tienen que alquilar un espacio. Catalunya, en 2024, invirtió 260 000 euros. Podríamos decir que eso sería el mínimo a gastar, unos 300.000 dólares. El presupuesto de Ecuador probablemente alcanzaría el medio millón de dólares en total. En el contexto cultural del país,donde la financiación pública típica de un proyecto es entre 10.000 y 20.000 después de un riguroso proceso de selección, es una cantidad enorme, pero si lo comparamos a los gastos en propaganda en redes sociales y prensa del gobierno de Noboa — aproximadamente 1 millón de dólares al mes — le sale bien barato para proyectar un imágen abierta, creativa y tolerante al mundo.
Entendemos que la posibilidad de participar en un certamen internacional de prestigio puede parecer una magnífica oportunidad para un/a artista en un paisaje cultural nacional empobrecido y precarizado, pero cabe preguntarse ¿si eso justifica avalar al gobierno más anti democrático, autoritario y violento que ha tenido Ecuador en el siglo XXI?
Una carta firmada por 74 artistas y curadores participantes en la exposición principal de la Bienal en marzo dice: “Hay un límite más allá del cual la participación en La Bienal no debería ser normalizada. Al igual que en 2022, las circunstancias actuales exigen que La Bienal de Venecia excluya a cualquier delegación oficial de los regímenes actuales que estén cometiendo crímenes de guerra, incluidos Israel, Rusia y Estados Unidos.”
El “Nuevo” Ecuador es actualmente un aliado incondicional de Israel y Estados Unidos, y el mismo criterio debería ser aplicado, especialmente considerando las violaciones a derechos humanos, la persecución política y ambiental y las desapariciones forzadas, como la de los 4 niños de las Malvinas.
En un comunicado publicado el 23 de abril 2026, unas semanas antes de la inauguración de la Bienal, el jurado decidió no considerar artistas de países acusados de crímenes de guerra por el International Criminal Court, ICC, actualmente Israel y Rusia. Debido a su capacidad de intimidación y persuasión aún no se ha logrado sentar a Estados Unidos en la Corte Penal, a pesar de la infinidad de sus crímenes, como la clara participación en el genocidio de Gaza o las ejecuciones extrajudiciales de pescadores en el Caribe. Tal vez solo será cuestión de tiempo. El régimen de Noboa debería estar en esta misma lista. El 30 de abril, el jurado del Bienal dimitió en bloque cuando Rusia fue excluida e Israel no.
Seguramente los amigos de Tawna piensan que van a visibilizar las luchas o ejercer incidencia a favor de los territorios de sacrificio. Aunque sea el caso, lo que se presenta como visibilización crítica corre el riesgo de convertirse en legitimación simbólica. Participar en el pabellón nacional no es un gesto neutro: es inscribirse en una narrativa de Estado. Si un/a artista o curador/a decide ocupar ese espacio, no lo hace al margen del poder, sino dentro de él y al servicio de él.
Como dijo Tania Bruguera, artista cubana conocida por sus posiciones críticas, “Acabo de ver en las noticias que el jurado de la Bienal de Venecia ha dimitido. Son momentos en los que resulta casi más importante saber cuándo participar y cuándo no, y con quién participar y con quién no. Esto se debe, en parte, a que la moneda de cambio más importante es el prestigio y la legitimidad. Los políticos entienden y utilizan muy bien el concepto de legitimidad, ya que necesitan legitimarse a sí mismos.”
En un contexto como el actual en Ecuador, donde el país entero y la Amazonía, en particular, enfrentan amenazas cada vez más agresivas y concretas, sostener que se llevará un discurso “anticolonial” a la Bienal de Venecia resulta, como mínimo, profundamente contradictorio. No solo desentona con la urgencia del territorio, sino que corre el riesgo de convertirse en un gesto vacío: una puesta en escena que estetiza el conflicto, mientras se desentiende de sus condiciones reales. Más aún cuando el proceso de selección y los presupuestos carecen de toda transparencia. En ese escenario, no es incidencia ni resistencia: es la pauta pagada de la necropolítica.
*Gracias a Lorena Salas y María Fernanda Cartagena por sus aportes a este texto. Publicado en
Publicado el 07/05/26 en https://wambra.ec/arte-como-resistencia-o-como-legitimacion-simbolica-de-un-poder/